Fotografías intervenidas por Isabelle Macías: Lectora. Aficionada al bordado, al collage y al trabajo artesanal.
Pueden ver más de sus trabajos en su Instagram: @is_ma_ga

 

“Para matar a los hombres que amo, tengo que escribirles un poema”. 

Esa fue la frase que me dije una noche mientras rabiaba en un bus interprovincial por un chico que había conocido en un cuarto oscuro. Esa frase se convirtió en una estrategia para olvidar. Esa noche escribí un poema sobre un jinete que arrancaba de mi cuerpo de madre-árbol las raíces de un deseo que engendraba monstruosidades. Hablo de un tatuaje en el centro de su pecho, y lo recuerdo en medio de esas entre luces de neón que simulaban oscuridad, un morado chillón que se volvería parte de mi hábitat nocturno, de mi cuerpo que patentaba para sí la oscuridad, la fiesta y el delirio de la noche. En esa tarde oscurecida, me dijo que estaría en el Bungalow’s por la noche. Era miércoles y un día perfecto para ir con mis amigas. El recuerdo de su buzo de tejidos andinos, su porte, su voz gruesa y su piel trigueña enloquecía mis cavilaciones hasta que lo vi entrar a la discoteca con dos chicos. Entre unos tragos y otros, agarré fuerza para acercarme e invitarlo a bailar, a lo que recibí como respuesta: “No puedo, estoy con mi novio”. 

Tenía 18 años y había salido de mi ciudad natal para ver si la capital ecuatoriana me ofrecía todos esos sueños literarios y maricones que en mi pueblo no pude cumplir. Ahora sé que era un nene pero en ese momento me sentía con la potestad de tener el mundo en mis manos. Creo que esa es una ficción permanente de lxs escritorxs: creer que en el poder de la escritura está la capacidad de hacer y deshacer mundos. Ya lo dijo Vicente Huidobro: “el poeta es un pequeño dios”. Yo creo que los poetas son pequeños dioses humillados. Un dios es humillado cuando puede ser desacralizado a través del acto o la plegaria herética, y creo que eso era lo que hacía con mi cuerpo durante esos años en que soñaba con que mi escritura sea un gesto que devolviera a la vida a Reinaldo Arenas, escritor cubano homosexual que dejó en su autobiografía Antes que anochezca un registro de su dolor y el de las locas de su amada isla. La homosexualidad significaba un tipo de abyección, y por ende, me pensaba como merecedor de diversos tipos de abusos como designios cósmicos -si pensamos al Cosmos como un Dios- de castigo. En ese poema escribí: 

A nuestra llegada, partimos el pecado como fruta

¿será Sodoma ese sitio donde 

transitan los amantes?

Isabelle Macías

 

Naturalizar la mitología del cristianismo en mi identidad política de homosexual fue la herencia que tuve de una formación cristiana, tan común en todas las maricas del Abya Yala que no crecimos en familias “intelectuales”. Sodoma era el hábitat itinerante que imaginé por casa, como si el relato de cómo vivo mi mariconada tuviese que ser escrito por otras personas y legitimarse a través de los discursos dominantes de la religión. Por entonces leía libros como una forma de buscar experiencias para contravenir con todo lo que había aprendido. Recuerdo al personaje homosexual del final de La Náusea de Jean Paul Sartre, el Autodidacto, quien fue golpeado y expulsado de la Biblioteca -que se había vuelto como una casa a la que frecuentaba desde hace años- por mantener discretos contactos homosexuales con hombres menores que él. Recuerdo también al personaje principal de El lobo estepario, de Herman Hesse, despertando de su letargo existencial a partir del beso entre dos mujeres. A pesar de mi mala memoria, puedo recordar la profana aventura de la pareja homosexual que escuchaba a Cerati y era pro-eutanasia en Pequeños palacios en el pecho de Luis Borja Corral; las confesiones de un joven Yukio Mishima narrando su adoración por el cuerpo simétrico y masculino de un compañero de colegio -se nos hace conocida esta historia, ¿o no?- en Confesiones de una máscara; o los radicales encuentro de Dolmance, personaje del Marqués de Sade en Filosofía del Tocador que disfrutaba de las maneras femeninas y el acto sodomita durante los que manifestaba sentirse como “mujer”. 

Esa y más literatura fueron alimentando mi sed de vivir y escribir historias como estas. Pero con el tiempo aprendí que la literatura no es la vida por más que se le parezca, por más que le haga mímesis, que insista en representarse como tal, o en hacer grafías de lo que es posible. Yo no soy un personaje de literatura: es mi cuerpo el que detona su propia escritura. Escribir una “amatoria” es mi gesto de dejar ir ese rito que me hacía buscar a otros a través de lo que escribo. Hoy escribo sabiendo que no mato a nadie al escribir: más bien, hago un altar al ruido, y con esto, amo. 

Llámame pero invéntame un nombre 

Digámosle al cuerpo lo que merece, digámosle una verdad que dialogue con su verdad. Llámame por el nombre que te haces en la cabeza cuando me miras, tocas, sientes o penetras. Dime cuántas veces no quisiste insultarme o solo callar para que nada duela. Pero di algo, que el silencio nunca ha hecho que las cosas se junten.

Yo no soy Ovidio ni un intelectual de mi tiempo: reescribo mi cuerpo cuya historia yace en las huellas atómicas de los espacios y cuerpos donde el deseo le ha detonado una consciencia. El deseo no me significa sexo: para mí son alas, poesía, cicatriz, dolor, placer y planeta. Las veces que deseo lo hago a plena consciencia de que estoy por entablar un diálogo. Tengo una filia por las historias: 

  1. Si antes de conocernos tenemos sexo, es probable que tu cuerpo me cuente tu historia. 
  2. Si nos conocemos ligeramente antes de tener sexo, es probable que anulemos la posibilidad de conocer nuestras historias. 
  3. Si te conozco y me acerco a tus formas de ver el mundo antes de tener sexo, es probable que seamos un entrecruce de historias manifiestas en gestos, señas, vocalizaciones y reacciones de cada órgano de lo que nos compone. 

Quiero que sepas que los nombres se los gana unx.  Durante todos estos años me he llamado Olmedo hasta devenir Olma, Olm, Olmi, Ol, Oliverio, Olmedex, Oli o Candela. En una ocasión alguien me contó la historia de la etimología de mi nombre. Un olmedo es una alameda de olmos, originario de Ulmetum, unas ruinas romanas donde seguramente existieron muchas olmas. Quizás no soy ese campo de árboles gigantes hasta que me llames así. Por eso aprecio que entre amantes nos contemos nuestras historias y hagamos de ello un rito de confianza e intercambio.

Olmedo es el nombre con el que me han llamado a lo largo de mi vida en la cisgeneridad. Mis padres me llaman así, la firma de los trámites burocráticos llevan ese nombre y las personas que recién conozco me identifican de tal forma. Prefiero cuando  me reconocen y me nombran como candela. Hay en el reconocimiento del nombre alterno un pacto que irrumpe la masculinidad del nombre designado. Si mis padres tuvieron el deber de darme un nombre, yo tengo el derecho a renacerme. Pero hay veces que prefiero optar por ese silencio no violento de los encuentros efímeros, de los que recordamos rostros y cuerpos pero no nombres, porque el lenguaje se reinventa en maneras que desconoce  de  identidades preestablecidas

Durante un tiempo salí con un chico de clase alta que me decía Olmedo. Tenía 18 años y aún no comenzaba a transgredir en mis formas de vestir el sentido masculino que me es impuesto. Teníamos una buena comunicación a primeras, pero luego fui descubriendo los juicios racistas y clasistas que atravesaban su privilegio. Nuestra discusión y ruptura fue cuando le pedí que me regalara un libro de William Burroughs que tenía en su escaparate y que jamás abría, ni abrió, ni abrirá. Me respondió que “vaya a trabajar”, que era un “vago” y que todos los de mi clase son así. Esa noche fui llamada “vaga” por mendigar literatura, y días después me gritó y me botó de su casa por salir de su cuarto cuando llegó una visita. Me dolió por mucho tiempo, sobre todo porque había dejado a un chico muy tierno, con el que íbamos a querernos al Parque Metropolitano, por este sujeto. Luego, este mismo man me dijo: “mi amor, escribes huevadas”, refiriéndose a mi poesía. Entonces reconocí la importancia de saber nombrarme a mí misma, de tener la entereza necesaria para hacer frente a alguien que no comprenda la radicalidad de mi cosmos. Esos días le escribí un poema, meses después lo bloqueé y hoy recuerdo su nombre como la representación de aquello que nunca más quiero tener apoyándose sobre mi pecho. 

P U T X 

“Para Laura el cuerpo era sexual desde el comienzo, a priori, incesantemente y por completo, en esencia. Amar a alguien significaba para ella: ofrecerle un cuerpo, darle un cuerpo, un cuerpo con todo lo que tiene que tener, tal como es, en la superficie y por dentro, incluido el tiempo que lentamente lo corroe”

Milan Kundera, La Inmortalidad.

Putx le llaman a la persona que sobre-ama / sobre-desea / o se sobre-existe. Putx le llaman a quien no puede guardar la compostura, a quien se desborda a través de gestualidades amaneradas, porque ser puta es para mujeres, Ser putx para mí ha sido un estado del de-venirse, pero si ser putx puede ser ese punto cúspide del placer, ¿qué significa ser puto

Desde pequeñx viví algunas experiencias de humillación por causa de mi amaneramiento. Una de las primeras fue cuando me oriné en mis pantalones y me tuvieron que poner una licra. Estuve tres horas encerradx en un baño con miedo a salir, escondidx a mis 5 años en el jardín por el miedo al qué dirán mis infantes compañerxs. Cuando fueron a vender discos de princesas o de héroes, a esa misma edad, escogí el de princesas manifestando públicamente que era para regalárselo a mi hermana, porque la quería mucho. Un año antes recuerdo sentirme en plenitud bailando en un escenario alguna canción que quizás era El baile del gorila o quizás el boom boom de Chayanne. Ese “soy una rumberaaaa” que bailé de pequeñx sería determinante para mi vida posteriormente atravesada por la fiesta y el saoco.  A mis seis años, dos compañeras me arrinconaron hacia el fondo de la escuela para preguntarme si era “maricón”. No recuerdo si la palabra que usaron fue “maricón” o “gay”, pero no supe qué responder más allá de negar todo. Esas palabras marcarían mi vida, como dos bordes que actualmente atravieso en un marco histórico-social-textual en que actúa mi cuerpo deseante. 

Hay algo en aquel nombre que me hacía parte de una experiencia común. A ese niñitx de seis años que fui y que seré, le llamaron de la misma forma en que lo hacían con las Coccinelle en los periódicos y las calles, con lxs maricones de los barrios y lxs que eran descubiertos en el espacio público durante sus aventuras. valeria flores dice:

Podría señalar a la infancia como el tropo heteronormativo por excelencia y constituido como una población despolitizada bajo la presunción de la “inocencia”. (…) Podría advertir sobre los procesos de patologización y criminalización de las infancias que hacen entrar en crisis los modelos institucionales escolares

A temprana edad me bautizaron con el término con el que quemaban a mujeres y maricas durante las épocas de la Colonia o la Inquisición. Desde ese momento ya me exigían respuestas que ahora estoy reconstruyendo y escribiendo para darme a mí mismx, mientras comprendo que las formas en que habito mi deseo están atravesadas por una lucha política que tiene una historia y un pueblo. Sodoma era el nombre del pueblo con el que bautizaron -y satanizaron- nuestro acto más sagrado, la sodomía, sin saber que estaban cartografiando el territorio de una comunidad a futuro donde aconteceríannuestros actos de consumación del deseo y la reinvindicación de nuestros derechos.  

Por eso ser putx es anular la vocalidad del nombre con el que nos oprimieron. Haz el ejercicio de pronunciar “putx”… ¡no se puede! Ser putx es reconocerse -y no escucharlo como imposición, ojo-, como dice Kundera, viviendo en un cuerpo que por la superficie y por dentro se sabe sexuado a priori, como esencia que transmuta permanentemente. Hubo ocasiones en las que personas que quería me llamaron puto como un insulto, por exceder la cantidad de cuerpos a quienes ofrecía o entregaba este espíritu sexuado. Soy un cuerpo cuyas marcas tiene esta historia por familia: con ellxs compartimos esta “herida del lenguaje”. Por eso, soy más putx si me entrego con amor a personas nuevas con quienes construyo distintos vínculos, como el amor-deseante a mis amigxs y a lxs seres rarxs que en el camino van apareciendo. Soy putx porque tengo una gran familia que asume que a un cuerpo despierto no se le mata la voluntad, que esa es la tarea del capitalismo, y que aquí nos excedemos, nos tocamos, nos sentimos, besamos, dedeamos, abrazamos y protegemos hasta el último momento porque conocemos cómo nos han llamado y los métodos con los que intentan derrotar a nuestrx cuerpx.

Los rostros que no queremos mirar

Hay fisuras que se curan con rifocina o sangre de drago. La resina de los árboles siempre me ha resultado poética: es como la sangre de los árboles que viene a sanar nuestro hendido cuerpo de una carga que no quisimos tener. Tu peso encima de mí vive como un recuerdo que llevo años intentando quitarme. Hay rostros que definitivamente no queremos mirar: y tenemos el derecho a saberlo.

He tenido esta sensación varias veces. Hay rostros a los que definitivamente no quiero tener enfrente, hay ojos que no quiero que se crucen con los míos y hay veces en que me duele dar la espalda. Pienso mucho en los límites del poder con el que nos criamos. El poder, más allá del término que designa a la estructura, significa para mí hasta dónde llego porque puedo, cuál es mi capacidad de hacer algo, cuáles son los límites de mi cuerpo por sobre el cuerpo de otrx. El poder lo detentan un(o)s cuánt(o)s y el paradigma más clásico es el de la clase política y empresarial que hereda su capacidad adquisitiva según la genealogía de su blanquitud. Pero hay personas a quienes les enseñan a ostentar el poder desde pequeños. Esto podría ser lo que Rita Segato llama una pedagogía de la crueldad: la naturalización de la depredación de otros cuerpos mediante una educación que nos autoriza a ejercer el abuso y a sostener una reacción indolente. Es de saber que esta educación está impartida predominantemente hacia la masculinidad. Las mariconas femeninas, por más cisgénero que seamos, esas que ponemos el culo al lado del corazón, que sabemos que el primer mandamiento es no violarás porque sabemos lo que se siente, esas que parecemos hombres pero vivimos rodeadxs de altares a mujeres; esas no somos hombres aunque lo parezcamos.

En el lenguaje normativo de la homosexualidad, un pasivo es quien recibe el sexo masculino durante el acto de la penetración. El falo, como miembro significante del ejercicio del poder, es quien detenta en su praxis la capacidad de conquistar al otro cuerpo. Rita Segato dice sobre las pedagogías de la crueldad: 

que naturalicemos la expropiación de vida, la predación, es decir, que no tengamos receptores para el acto comunicativo de quien es capturado por el proceso de consumición. Expropiar el aliento vital pasa a ser visto como un mero trámite que no compona dolor, que no puede comunicarse, un acto maquinal, como cualquier consumición.

La consumición mutua de los cuerpos durante el sexo puede ser entendida incluso como un intercambio de energías. Desde la sintiencia, que significa nuestras capacidades orgánicas de sentir, podemos percibir cuando el cuerpo con el que nos estamos encontrando está produciendo su parte de la simbiosis. El sexo es un intercambio simbiótico hasta cuando se consensúan dinámicas de amo y esclavo. Pero los hombres, que siempre han estado en posición de amos, conviven con un imaginario en el que su vida importa más que la de otras. Recuerdo ahora las veces que he estado en ese lugar, por debajo, mirando a los ojos de alguien mientras digo “no quiero” o  “detente”  y sintiendo cómo mi cuerpo reacciona ante tal herida que se forma. Recuerdo las veces que no pude huir mientras tenía que terminar ese trámite sin expresar dolor, porque no sabía que no debía dolerme, por haber sido educado pensando que hay que sobrevivir a esto para contarlo, que son cosas que unx tiene que atravesar siendo “fuerte”. Pero ahora sé muy bien cuáles son las supervivencias que valen y mi cuerpo me notifica cuándo sucede eso. 

En una ocasión le conversaba a un amigo, al gorrión, que los homosexuales atravesamos permanentemente distintos momentos de violación y no lo sabemos. La homosexualidad se patriarcaliza cuando un cuerpo tras otro asume la factura de estar entre hombres, viviendo/amando bajo el lema “tira el golpe que yo aguanto”, sin llorar porque mariquita, sin expresar porque mujer, sin comunicar porque silencio. Creo que tengo el mismo derecho a decir “te quiero” que a decir “detente”. La mayoría de hombres han heredado la creencia de que sus vidas importan más que las de otras, y eso nos incluye a nosotras, nuestro ano y al sexo. Mi arte de amar manifiesta su rechazo a las violaciones que vivimos constantemente los homosexuales y que no sabemos nombrar. Extraigo una anécdota que cuenta Cherrie Moraga en el libro Este puente mi espalda:

Para ilustrar; Un amigo mío, blanco y homosexual, me confió una vez que sentía, en cierto nivel, que yo no confiaba en él porque era hombre; y sentía realmente que si llegáramos a algo así como “la batalla de los sexos”, tal vez lo mataría. Y yo admití que probablemente lo haría. Él quiso entender las razones de mi desconfianza. Le respondí, “Tú no eres una mujer; sé mujer por un día para que entiendas la base de mi desconfianza”. Me confesó que la idea lo aterrorizaba porque, para él, ser mujer significa ser violada por hombres. Él se había sentido violado por los hombres y quería olvidar lo que esto significaba

Yo no amo como se supone que debe hacerlo un hombre. En una ocasión escribí un poema en que le decía a un amante que me lastimó “que en todo el amor que te di no supiste de cuántas heridas femeninas está compuesta una maricona”. Y si eres un hombre y estás conmigo, debes llevar contigo un árbol, extraer la resina, su sangre de drago, mirarme a los ojos o dejar que mi espalda te sienta y aplicar con ternura sobre las heridas de mi cuerpo.  

El amor es una casa que existe durante su acontecimiento

A esta casa no entras si no has sentido miedo. Aquí cantamos a lxs muertxs y velamos por lxs que viven. Si no eres capaz de sentirlo, ¿me entiendes?, a esta casa no entras si no te estremece hasta el tuétano las peleas que damos lxs mariconxs. You don’t know what love is, until you’ve kissed and have to pay the cost. Acá no entras si no desnudas tu vida para compartir lo que venimos doliendo.

El amor existe como un acontecimiento. Nunca sabremos bien qué es el amor: me atrevo a decir que es el ejercicio de construir la filosofía de una casa. Hay una frase muy popular de James Baldwin que dice: “Love does not begin and end the way we seem to think it does. Love is a battle, love is a war; love is a growing up” 

El amor no empieza y termina de la manera en que pensamos. 

El amor es una batalla, el amor es una guerra; el amor es un crecer

Esta cita la tomé de Pose, la serie de historias de mujeres trans y queer en los ballrooms neoyorquinos de los 90’s, y me hizo atar cabos con algo en que venía pensando: el amor no es un momento eterno, ni un lugar o acción estática; es como las fuentes biológicas del mundo atómico, un constante movimiento donde suceden intercambios de fuerzas que producen energía, y con eso calor, y con eso la vida que permite la calidez de cuando dos cuerpos se juntan. Mi ser maricón existe porque amo y deseo a hombres en un contexto donde esto sigue siendo motivo de aversión. Mi ser maricón existe porque amo y deseo a hombres, de diversas procedencias, intereses, contexturas, etnias, edades y modos de ver la vida. Mi ser maricón se diferencia del homosexual porque los amo  mientras me sostienen las mujeres que he leído y con las que he compartido, desde ese lugar de la experiencia compleja donde mis sentires y afectos se agencian desde otros modos. Qué hermoso es sentir cuando un chico te desea cuando llevas una falda o un crop top. Y lo dice, en voz alta.

Viendo Pose volví a los tiempos en que tenía 12 o 13 años y veía Glee -dirigido por el mismo Ryan Murphy- con la intención de entender todo lo que me estaba preguntando. A mis quince años fue sencillo interiorizar mi homosexualidad, y estoy seguro de que fue porque esos años me pasé viendo a un grupo de personajes que luchaban todos los días por ser ellxs en la plenitud de su deseo y su pose. Hoy eso se transformó en mi cotidianidad: conozco a tanta gente marica luchadora, fuerte y rabiosa que da la guerra y la cara a un cis-tema que quiere mantener nuestras formas de sentir en secreto. Por eso leí a tantos escritores maricones que rompían ese silencio: contaban sus historias y con eso iba construyendo cómo quería que sea la mía. Esos escritores son como mis santos, y un día me dije que eso era parte de lo que quería ser: un poeta maricón, y con el adjetivo bien puesto porque hay ciertas marcas intransigibles en lxs que escribimos desde este lado de la ternura.

Para mí, ser un escritor maricón es romper el pacto de silencio donde nuestras historias, nuestras formas de vivir, querer, desear, trabajar, hacer el amor, pelear y amar son relegadas a las periferias de la moral y el acto de “buen juicio”, o simplemente no pueden ser contadas en las meriendas o en las navidades. Quiero poder contarle a mi madre sobre los chicos que quiero en ciertas noches, y que ella me escuche y se estremezca. No por miedo, sino para dejar claro que el cariño que hemos tejido en nuestra casa no me excluye por todo lo que siento como maricón. 

Por eso sostengo que el amor es una decisión radical y cada unx lx vive bajo su propia filosofía. En mi vida dejo entrar a personas que asuman ese reto. De ahí que mi amor maricón es radical, tierno, desinhibido, femenino, pero sobre todo, indefinible y no quiere callar más sin importar el vínculo que esté en juego. Lo escribo con estas mismas manos con las que aprendí a hacer que mi cuerpo se junte con otros, acortando distancias, aprendiendo a respirarnos de cerca, pensando en todo el silencio que tuvimos que guardar hasta poder escribir y vivir esto. Roy Sigüenza no pudo pronunciar mejor esto que hemos venido sintiendo. Lo agradezco, lo reapropio, y lo digo como si estuviese hablando desde su boca o en la de cualquier maricón que conoce la dignidad de esta casa, y ensucia sus manos para contruir algo más grande, más habitable, y más hermoso: 

como no podíamos decir 

casi nada del amor

nos ocupamos en aprenderlo 

con las manos.

Isabelle Macías


Referencias:

valeria flores, Interruqciones (Neuquén: Editora La Mondonga Dark, 2013), 19.
Rita Segato, Contra-pedagogías de la crueldad (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2018), 12.
Cherrie Moraga. La güera, en Este puente mi espalda. (San Francisco: Issm Press, 1988), 22.
Verso de Roy Sigüenza, poeta homosexual nacido en Portovelo. Tomado de su obra reunida Habilidad con los caballos, editado por Severo Editorial (2020).
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