First published in The New York Times © 2017 by Edwidge Danticat. Reprinted by permission of Edwidge Danticat and Aragi Inc.

Nota editorial: Este texto fue publicado originalmente en The New York Times bajo el título Edwidge Danticat: Dawn After the Tempests, el 6 de noviembre de 2017. Su publicación es gracias al permiso de Edwidge Danticat y Aragi Inc. Su traducción fue realizada por Carolina Velasco, editora de Recodo.sx. Y la ilustración por Bernarda Cornejo, amiga de Recodo.sx.

Agradecemos a Edwidge por su entusiasmo y ayuda para publicar este hermoso texto en nuestra plataforma.

 

Estaba en camino a Granada, mientras la isla organizaba la Conferencia del Estado de la Industria (SOTIC), uno de los encuentros más grandes de la región sobre turismo. Aunque la conferencia fue planificada antes de que los huracanes Irma y María devasten muchas de las islas caribeñas cuyas economías dependen fuertemente del turismo, su temporalidad parecía predecirlo. Justamente, en el programa de la conferencia que leía en el avión aparecían las  discusiones planificadas enfocadas en la preparación frente a desastres, así como en su recuperación y reconstrucción. Pero yo no estaba yendo a la conferencia, porque no soy una experta en turismo.

Las personas sentadas a mi lado en el avión tampoco eran expertas en turismo. Eran turistas; dos parejas jóvenes de Estados Unidos en su luna de miel. Después de escucharles intercambiar anécdotas sobre sus bodas, regresé al ensayo de la poeta y ensayista Audre Lorde Retorno a Granada: Un informe provisional, que publicó unas semanas después de que, en 1983, Estados Unidos invadiera su tierra natal.

Ya había leído algunas veces en el pasado el ensayo de Lorde, el último capítulo de su colección La hermana, la extranjera, pero lo quería volver a leer antes de ver a Granada por primera vez.

El hecho de que hayamos aterrizado en el Aeropuerto Internacional Maurice Bishop, nombrado así por el Primer Ministro de Granada, asesinado seis días antes de que empiece la invasión estadounidense, le debió haber intrigado a Lorde. Mientras bajaba por las escaleras del avión y sentía al sol, que es solo así de centelleante en el Caribe, brillando en mi cara, sentí que ella empezaba este viaje conmigo.

“La primera vez que vine a Granada vine buscando mi hogar”, empieza el ensayo de Lorde sobre su visita en 1978. Había volado al Aeropuerto de Pearls en Grenville, que ahora ya no funciona, en la costa noreste de la isla. En ese entonces, había solamente una vía pavimentada, reportó. Ahora, había muchísimas vías tersas y sinuosas pasando por barrios enérgicos y por colinas cubiertas de árboles.

Uno de los recuerdos más notables de Lorde fue haber visto la playa Grand Anse; no los kilómetros de arena blanca llena de hoteles que atraían a locales y turistas, sino la vía pública que se extiende  a su lado.

Ella observó: “Niños y niñas en uniformes escolares cargando sus zapatos, tratando de decidir entre la tentación de una aventura en una palmera y una mañana de delicioso mar”.

Yo también vi niños y niñas una mañana, docenas en cada lado de la calle. La mayoría llevaba uniformes tradicionales, camisas y blusas blancas con faldas a cuadros, o pantalones o shorts oscuros o khaki. Se amontonaban conversando y riendo sin prestar atención al mar azul oscuro o a las casas coloridas y a los edificios en las colinas. Estos niños y niñas me recordaban a los que veía ir a la escuela en mi Haití nativa, o a la mayoría de niños y niñas del Caribe, sus tonos de pieles negras y cafés resplandeciendo bajo el sol. Los mayores mantenían a sus hermanos menores a su lado, incluso mientras subían a los buses y minivans públicos.

Salí en búsqueda de más de esas “imágenes vívidas” del ensayo de Lorde. Además de los niños y niñas en la playa Grand Anse, también busqué a la Mujer-Gorda-Friendo-Pescado-En-El-Mercado, pero no la vi dentro del cuadrado edificio turquesa-y-blanco en el centro de la ciudad. No estaba cerca de gigantes pescados sobre la losa esperando ser destripados. Tampoco estaba al lado de los pescados más pequeños apilados en baldes en el frente.

El mercado de pescado olía predeciblemente a mar. El cuchicheo del intercambio entre vendedores y clientes era mucho más suave de lo que esperaba. No todos los vendedores tenían clientes. La relativa calma del mercado en una tarde de viernes me recordó lo pequeña que es Granada. La isla tiene solamente 190 kilómetros cuadrados y unos 100 mil residentes.

Esa noche mientras meditaba sobre esto en mi cuarto de hotel en el Coyaba Beach Resort, abrí las cortinas y miré una luna llena capaz de convertir a la playa en un “destello verde”. Tal vez octubre no es el momento correcto para hacerlo. Lorde había visto a la arena hacerse verde en abril. No hubo luna llena, pero dormí con la puerta corrediza al balcón abierta para escuchar las olas pastando suavemente la orilla.


No soy una buena turista. Me imagino fácilmente en el peor escenario durante cualquier momento del viaje. Tengo culpa de inmigrante sobre tomarme tiempo libre. Me siento insegura en trajes de baño, así que hago la mayor parte del turismo a través de libros. Pero como soy escritora, me invitan mucho a lugares y voy siempre que puedo.

Estaba en Granada, que no fue tan afectada por los huracanes, para recibir un título honorario del Campus Abierto de la Universidad de las Antillas (UWI). Este, a diferencia del campus de la UWI que es de ladrillo y cemento, es virtual. Los 657 estudiantes de mi clase estudian desde todos lados del Caribe angloparlante. Pero solo 139 graduados cruzaron el escenario para recibir su título.

“No todos los graduados van a las ceremonias del Campus Abierto”, me contaron mis anfitriones de la Universidad de las Antillas. Sin embargo, este año hubo estudiantes que quisieron venir a su graduación en Granada pero no pudieron. La mayoría de graduados viajan desde otros países para la ceremonia del Campus Abierto, que es cada año en un distinto lugar. Muchos tenían casas que fueron destruidas o dañadas. Algunos perdieron a sus seres queridos con todas sus pertenencias.

Me contaron la historia de una graduada de Trinidad que se quedó en su casa porque donó el dinero de su boleto aéreo a las iniciativas de socorro para Dominica, que alberga uno de los campus de UWI más devastados. Aún no se sabe que pasó con algunos de los estudiantes de ese campus.

El Huracán María golpeó a Dominica, en la parte meridional de las islas Leeward con una tormenta de categoría 5, el 18 de septiembre. El Primer Ministro de Dominica, Roosvelt Skerrit, cuyo propio techo colapsó en la tormenta, dijo después a CNN: “Nuestro sector agrícola se destruyó al cien por ciento. Diría que nuestro turismo se destruyó en un noventa y cinco por ciento.”

Al frente de un supermercado al otro lado de Coyaba Beach Resort, había barriles azules alineados para recoger comida y otros artículos de primera necesidad para Dominica. En The Beach House Restaurant, al norte del aeropuerto, donde estuve en un cocktail de pre-graduación la noche anterior a la ceremonia, nos entretuvo una joven mujer que cantaba soul clásico, y covers Caribeños, que recordó a todos dejar algo en la canasta donde usualmente dejan las propinas. Esta vez lo recaudado iría a Dominica.

No he estado en Dominica, pero ahora deseo haberlo hecho. No es solo por el deseo de ver un lugar en el “antes”. Antes de la devastación, antes de la tormenta. Soy de un lugar, Haití, que constantemente evoca nostalgia en la gente que lo ha visto, que ha vivido allí, y que lo amó “antes”.

Este deseo por el antes siempre me entristece porque hace que el presente se sienta incluso peor. Pero aún así deseo haber visto a Dominica antes, en parte porque es el lugar de nacimiento de Jean Rhys, una de mis novelistas preferidas. Los lugares que Antoinette, la condenada narradora de Rhys en El ancho mar de los sargazos, anhela por sus atardeceres flamantes y sus ríos tan claros que dejan ver las piedras en el fondo. Tienen jardines cubiertos de musgo llenos de orquídeas, hibiscos y acacias, iluminados en la noche por luciérnagas.

Esta es una de las formas en que siempre imaginé Dominica, junto con lo que había visto en guías turísticas: sus altas montañas, fuertes, exuberantes selvas, arrecifes, barrancos, lagos y cascadas.

Dominica también es el hogar de Xuela Claudette Richardson, la narradora de la novela de Jamaica Kincaid Autobiografía de mi madre. A sus 15 años, Xuela fue llevada por su padre a Ruseau, la capital de Dominica. Ruseau, descubre Xuela – como muchos lugares en el caribe – “tenía una fundación frágil, y de tiempo en tiempo era destruida por fuerzas de la naturaleza, un huracán o agua cayendo del cielo como si de repente el mar estuviera arriba y los cielos abajo”.


“La segunda vez que vine a Granada,” escribió Audre Lorde en Granada revisitada, “Vine de luto y con temor de que en esta tierra que sabía que había sido saqueada, invadida, su gente maniobró para decir gracias a sus invasores”.

La segunda visita de Lorde fue a finales de 1983, después de que el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan desplegara los marines en la isla. Reagan declaró que quería prevenir que una colonia de la Cuba soviética se arraigue en Granada, para así proteger a los ciudadanos estadounidenses en la isla, muchos de los cuales eran estudiantes en la Facultad de Medicina de la Universidad de St. George.

Conocí la Universidad de St. George, cuyos estudiantes y oficiales, como lo mencionó Lorde, negaron después haber estado en peligro. La universidad, que ya no es solamente una facultad de medicina, sino que también cubre otras disciplinas, es una isla en sí misma, con sus muchos edificios de color salmón, tanques de agua gigantes, personal de seguridad y buses. En todo el campus hay vistas impresionantes de la bahía True Blue: el punto en el que el mar caribe y el océano atlántico se juntan.

Si Reagan estaba tan interesado en ver el desarrollo de la democracia en el Caribe, se preguntaba Lorde, ¿por qué el gobierno de Estados Unidos apoyó a Jean-Claude Duvalier de Haití y su régimen represivo? También mencionó a Puerto Rico.

En 1987 escribió “Los marines de Estados Unidos llegaron a Puerto Rico para pelear la guerra Española – Americana. Nunca más se fueron”.

Puerto Rico fue devastado por los huracanes Irma y María tanto como Dominica, Barbuda y las Islas Vírgenes de Estados Unidos. Tampoco he estado en Puerto Rico. Solo lo he visitado en libros, particularmente a través de los ojos de la joven Esmeralda Santiago en sus memorias Cuando era Puertorriqueña.

Me imagino las guabas que me enseñó a comer a mi y a otros lectores en el principio de su libro, ya imposibilitadas de crecer. Me imagino a los campos de donde venían que están ahora aplanados, y a las familias agricultoras peleando por sobrevivir, sin comida ni agua limpia.

Vi una entrevista con la incansable alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz Soto, y escuché los ecos de Audre Lorde en su voz.

“No hay nada que una más a la gente en cualquier lugar del mundo que la injusticia”, dijo la alcaldesa. “Necesitamos conseguir comida, necesitamos conseguir agua o sino estamos condenados a una muerte lenta. Puede ser fácil tratar de ignorarnos. Puede ser fácil porque somos territorio estadounidense y somos una colonia estadounidense. Pero maldita sea, somos personas”.

Las bendiciones de nuestras islas también han sido nuestras maldiciones. Nuestra geografía nos permite tener sol durante todo el año y hermosas playas, pero cada vez más en la época del cambio climático, estamos en la primera fila hacia la destrucción.

“Somos personas”- parece ser lo que hemos estado diciendo por generaciones a nuestros colonizadores e invasores que parecen obstinados en destruirnos. Y ahora más que nunca, la madre naturaleza, también.

“Somos personas”, pudieron haber dicho los Arawaks y los Taínos, incluso mientras morían tratando de probarlo. Incluso heredamos la palabra huracán de ellos.

“Mucho se ha perdido terriblemente en Granada,” escribió Lorde al final de su estadía en 1983, “pero no todo – no el espíritu de sus personas”.


El espíritu de sus personas también ha sido capturado en este poema que he llevado conmigo por años antes de venir a Granada. Fue escrito por la poeta y escritora de cuentos cortos Merle Collins.

“Hablamos,” escribió en Porque el amanecer se rompe, “por la misma razón que el trueno asusta a los niños

Que los rayos aterrorizan al árbol…”

La gente del caribe habla”, escribió la poeta, porque nosotros “no nacimos para ser sus vasallos”.

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