4144 Lockhaven Ln.

I

La imagen más vívida que tengo de la casa que ocupa el solar 4144 de la Lockhaven Lane en la ciudad de Riverside, California, no pertenece a la casa misma, o no totalmente. Yo estoy allí, sí, pero acostado, leyendo un libro en la habitación de invitados. Es primavera. No hace frío. Pronto hará calor. La novela que leo relata un pasaje de la Segunda Guerra Mundial. Hay hospitales, muñones, batallas y camiones que emprenden travesías larguísimas llevando correspondencia. Y la imagen que más recuerdo es la de un nazi al que hieren en batalla y se toma unos días de descanso en alguna playa de Crimea, donde además le han ofrecido servicios médicos para convalecer en relativa abundancia mirando el mar. Recuerdo mucho, y no hace falta escribirlo aquí, recuerdo mucho y asiduamente el relato de ese hombre que se acerca al agua fría y mira atrás suyo las construcciones soviéticas, esos apartamentos donde se hospeda la cúpula del partido en los veranos y se bañan y bañan a sus niños los camaradas en las aguas permanentes del mar Negro. Pero esta vez no es verano, o tal vez era verano pero era un verano de guerra y carnicería, y el nazi solitario miraba los complejos de apartamentos solos y sentía a la calma artificial que la península le traía y al silencio apretándole el pecho, no tan lejos de los acorazados y las tanquetas.

El libro se llama Las benévolas y fue escrito por Jonathan Littell. Ya no sé si era un buen libro. Lo dudo mucho. Todo lo que leía entonces y me entusiasmaba ahora me parece límpido, realista, previsible. Por eso allí mismo, esas tardes en cama cuando trataba de acabar esa lectura, había dejado de lado una compilación de cuentos de Isaak Babel y las obras completas de Joseph Mitchell, autores por los que ahora me cortaría una mano pero que entonces me parecían densos e impenetrables, a veces demasiado sesudos o sencillamente complejos de ingresar, quizá porque estaban escritos o traducidos al inglés y yo prefería lanzarme a la lectura en español directamente. Mi principal error en la literatura es la ansiedad: una vez en el colegio, haciendo el Abitur, leí un artículo sobre los lectores compulsivos, muchos de los que habían sufrido Lesesucht, adicción a los libros, durante la infancia. No creo que la padecí; lo que sufro, no obstante, es la necesidad de devorarme los libros. Y ese intermedio, que es el de la valoración y calibración de lo leído, sobrellevo mal. No me doy tiempo para respirar. Hay que seguir leyendo a la carrera, como si alguna medalla me fuera a esperar, o mejor y más triste, como si todo lo acumulado y embodegado tan torpemente, allí, arrumado en la memoria descascarada, fuera a revertirse por defecto en alguna sabiduría incontestada o en algún tipo de felicidad que aún no me ha sido otorgada.

Todo lo contrario me sucede con 4144 Lockhaven Ln. Durante los años en que visité esa casa de un suburbio cualquiera de California me he ido untando de todas las sensaciones posibles que pudieran desprenderse del contacto entre mi presencia y ese lugar, y desde el tiempo en que decidí no ir más la memoria ha hecho un trabajo muy organizado de subdivisiones y cajones de sentidos más una que otra sorpresa. Me gusta que mi cabeza haya ido puliendo los contornos de las experiencias y haya dejado lo que ahora, y tal vez también en años, se conserva como el núcleo duro que le da sentido al tiempo que estuve allí. La comida, las pulsaciones del cuerpo, el olor de la máquina de lavar, el pito del camión de helados y el motor del camión de correos. Yo no probé ninguna magdalena: fui aterrizando varias veces en LAX, donde alguien me esperaba, y emprendía el camino de más de una hora hasta la 91, el eje vehicular que conecta Los Ángeles con Riverside y sigue, pasando por San Bernardino. En algún momento nos apartábamos de la autopista y llegábamos a la ciudad, y era cosa de minutos llegar al fideo que es el Lockhaven Lane y descender en la casa con las maletas. Los veranos y esa última primavera en que leí ese pasaje de la novela de Littell fueron mediando para que ahora tenga bien calibrado el paquete de registros que me pudo ofrecer esa geografía mínima, a la que durante años la valoré como mi casa verdadera y el único lugar donde podía sentirme a salvo.

II

Ayer me enteré que van a poner a 4144 Lockhaven Ln. a la venta. Los que allí viven, que ahora son un tío y una tía política, han resuelto mudarse a Georgia, donde dos de sus hijos han encontrado excelentes trabajos y han fundado sus respectivas familias bajo la premisa capitalista de la acumulación de miles de dólares ganados al año y bajo la premisa cristiana de reproducirse y hacer de la familia la matriz de evacuación de cualquier vicio. Y de promoción, claro, de toda virtud. Se queda en California, hasta donde sé, una de las hijas, aunque con miras de dejar el sur de ese estado y seguir el camino del resto.

No voy a contarlo todo. No me lo permito. Sí diré que recuerdo el calor descomunal que sentía en julio y agosto y el alivio del aire acondicionado de un Toyota Corolla, entonces nuevo, al que nos subíamos. Yo era un niño; estaba de vacaciones. No tenía nada que hacer. Miraba las hileras de miles de automóviles que emanaban esmog por las autopistas perpetuas californianas y oía la música de mis dos primas, usualmente un casete con canciones cristianas, una música bellísima y virtuosa, una música folk que luego habría de arrastrarme hasta mi actual obsesión por el country más nécrido por conservador, hacia las guitarras de doce cuerdas, el banjo y las narrativas de los caminos, las mudanzas, los bares anacrónicos, que tan bien funcionan en ese género y luego dieron pie a esa porquería literaria a la que llaman generación beat. Cantábamos juntos canciones de culpa y redención y luego repasábamos algunas en la casa y luego nos proponíamos tocarlas en la iglesia, un recinto adventista hispánico ubicado en un barrio temerario en las afueras, donde jugaba fútbol y flirteaba con muchachas mexicanas indocumentadas que me resultaban hermosas y se tomaban esas fotos tan gringas con sus maquillajes recargados y esos fondos de fantasía de plástico. Cuando volví allá por vez primera me enamoré de una de ellas y ella quiso que la besara, pero me pudo mi poco oficio, mi nulo oficio en besar chicas y la dejé ir a Rubi, Rubi se llamaba, muy parecida a la velina marroquí de la que Berlusconi se enamoró o a la que usó, y cuyo nombre era el mismo que el de mi amor en peligro de deportación y sobre la que pronostico estará casada, expulsando los demonios terrenales con bendiciones adventistas, y criando niño tras niño tras niño tras. Si tan sólo hubiera sabido cómo besar, Rubi.

III

Yo llevé una biblia católica la primera vez que fui a California, a una casa que no era 4144 Lockhaven Ln. pero que quedaba muy cerca y sobre la que no me importa pasar. Es más: voy a decir que la primera vez que fui a Estados Unidos llegué a 4144 y llegué con una biblia. Yo era muy religioso entonces. Tal vez a mi manera lo sigo siendo. Un día, antes de regresar a América Latina, me mandaron con un par de regalos de vuelta –unos chales bellísimos que, adivino, mis primas no sabían cómo ponerse o sentían vergüenza de ponerse- y me obsequiaron otra biblia, y hasta ahora esa otra biblia, una biblia protestante, está cerca de mi velador y no exagero si digo que es uno de los libros más hermosos jamás escritos. Es una traducción de Reina y Valera y fue allí donde leí por vez primera el Cantar de los Cantares y los Proverbios, que me siguen pareciendo obras impares de la literatura. Antes tenía miedo y pudor de decir esto, pero luego leí que Monsiváis pensaba lo mismo y ahora nadie me para cuando pienso en la labor que hicieron esos dos protestantes españoles cuyos textos leí durante muchos años por porciones durante la noche.

Los adventistas me son extraños aunque creo que son una parte estructural de mi aprendizaje. La primera vez que tuve que volver mi madre le exigió a mi tía política que hablara conmigo para que me hiciera entender que mi casa estaba en América Latina y no en California. El amor a los senderos de naturaleza domesticada –nada de sacrificios inhumanos en montes y peñascos, no es lo mío-, el recogimiento, la oración colectiva y la lealtad a la iglesia, me fueron sacando de los templazos a los que iba solo, los domingos, y donde, por cierto, conocí a mi primera novia, una muchacha hermosísima de un colegio de monjas. Esa idea tan protestante de la acción cristiana en el cuerpo –la comida sana, el deporte, el deseo canalizado a legítimo destinatario- me pudo durante al menos década y pico, aunque hiciera en Estados Unidos cortocircuito con el clima, la comida abundante, infinita, las faldas cortísimas y los escotes los días de iglesia, más los shorts que veía no solamente en la calle, sino en toda esa región, lugar de asentamiento de familias adventistas desde el siglo XIX.

Luego habría de aprender que el adventismo es un cristianismo reconciliado con algunas costumbres judías, entre ellas honrar el sábado y no comer cerdo. Yo no como cerdo. Pero no honro el sábado. Me acuerdo que cuando me dejaban solo y me decían que era día santo y que no prendiera la televisión me quedaba mirando la tarde californiana, su cielo obligadamente despejado, y cogía libros de fe o dibujos religiosos para niños y los leía hasta que me aburría o hasta que alguien llegara y de nuevo disfrutaba de ese silencio que no me dio mi casa, y de esa paz que tampoco me dio mi casa y a la que tanto me aferré en mi preadolescencia y adolescencia y que luego fue una paz de ficción, un hermosísimo teatro en el que creía porque las acciones le refrendaban, aunque luego me pusiera el pie y me hiciera caer de bruces sobre mis propias certezas.

IV

Dejé de ir a 4144 Lockhaven Ln. porque quien realmente manda ahí me apuñaló por la espalda. Aunque he vuelto a Estados Unidos varias veces, no he pisado Riverside.

V

Mi papá creció bien unido a mi tío y a su hermana Julia, quien cuida ahora de mi abuela de ciento dos años. Mientras mi tío escogía la docencia y la guitarra y las serenatas, mi papá escogía la docencia y la insurgencia, la militancia clandestina, la literatura de bomba y sedición y se acomodaba a la cadencia de los años setenta en América Latina. Mi tío no se parece en nada a mi papá. Mi papá era un hombre muy hermoso, de joven, y mi tío tiene tal vez una mandíbula demasiado prolongada y unos ojos saltones. Siempre le peguntaba a mi papá qué sintió cuando vio marcharse a su hermano California, acompañado de sus tres hijos, todos nacidos en Ecuador, y de su esposa, una ecuatoriana que ya había vivido en el área de Los Ángeles. Mi papá me decía que lloró o que casi lloró. Mucho más no se permiten los comunistas.

Mientras el matrimonio de mis padres pasaba por momentos ríspidos y nos dejaba a mi hermana y a mí devastados emocionalmente, el de mi tío parecía estar recubierto en crema pastelera. Una de las veces que fui recuerdo haberles visto manejar un Mercedes Benz Station, viejito y comodísimo, en cuya parte anterior me senté para ir de compras al supermercado. Iba con mi tía política. Cuando mi tío resolvió ir, mi tía me sacó del asiento delantero porque me explicó que el padre de familia manda y debe ser la cabeza. Mi tío salió un poco retrasado y me vio bajar y me dijo que me quedara adelante y un momento no supe qué hacer hasta que le indicaron que asuma su papel de cabeza de la familia y yo, triste aunque esperanzado en comprar un pie de cerezas, me fui para el asiento de atrás y me abroché el cinturón de seguridad.

Mi tío no tiene especial afecto por mí. Yo creo que le caigo mal. Es el único de la familia que me dice Antonio, y eso lo agradezco. Me abraza sin fuerza, como se abraza en las iglesias: un abrazo de hermano en Cristo. Una mañana el automóvil de la casa se había estacionado y yo había terminado de sacar las compras y dejarlas en la cocina. Estaba estupefacto leyendo un reportaje en la Rolling Stone sobre unos chicos millonarios de la universidad de Duke que contrataban putas negras y pobres de Carolina del Norte para sus fiestas de fraternidad. Cuando me vio acostado sobre el sofá leyendo la revista, me gritó y me dijo que en su casa se tenía que ayudar hasta en lo más mínimo. Pero fue la última vez que me gritó. En otras ocasiones, siempre estuvo dispuesto a clavarme pequeños puntillazos, siendo el último una vez en la casa de campo de mis padres, cuando me entregó unos encargos que le había hecho y por los que le pedí a mi prima intercesión -mi tío no maneja o maneja muy rudimentariamente la computadora-. Tal fue el nivel de desatino que mi padre se animó a interponer una defensa por mí.

De ésas, decenas. Con un carácter más bien jovial y descomplicado, de una generosidad amplísima y un carácter dicharachero, de pésimos chistes y demostraciones tiernas de afecto, buen oído y sinceridad, me tocó la mala fortuna de ser aquél a quien mi poco quisiera o quisiera mal, parte, creo, a mi excesivo intelectualismo y a mis tristes neurosis y aficiones. Parte, también, porque me parezco muy poco a mi papá, incluso físicamente, pero más todavía porque me gustan los zapatos, los discos, la comida rica y las mujeres con poca ropa. Mi papá pasó por un comunismo casi cristiano: el de la humildad, la disciplina y la templanza. Yo me fui por el otro lado y rechacé, además, mi primer nombre, porque me gusta que me digan Antonio y no Marco o al menos, el premio consuelo Marcoantonio. Soy ese hijo de militantes que se valida con un conocimiento poco útil pero rebuscado. El que se solaza en las rebabas de Willem de Kooning y la Escuela de Frankfurt. Todos quieren a mi tío. Él me quiere menos a mí.

VI

La casa de 4144 Lockhaven Ln. gozaba de tres o cuatro habitaciones y un garaje que olía a sótano gringo. Afuera le habían puesto una pileta de pésimo gusto pero esto no desmerecía el backyard que casi todo el año nos obsequiaba con atardeceres deslumbrantes. Buena parte del tiempo que pasé allí paseaba al perro de la casa, cuyo nombre no recuerdo ya: una criatura mansa de flecos, de una ternura imposible y un tamaño de bestia jurásica, al que cuidaba mi prima mayor. Yo lo sacaba a pasear o iba al garaje a acariciarlo y jugar un momento. El tránsito entre la existencia en este mundo y nuestra segunda vida, así como la partición incuestionable entre el animal y el ser humano, regían las normas de la casa, de modo que, cuando Grandpa también murió –creo que Grandpa nunca me perdonó: la primera vez que fui a Estados Unidos me puse a hacer escándalo por unos pantalones de mafioso chicano que quería- su sepelio fue visto con naturalidad y estoicismo, creo que casi sin dolor. Era cuestión de tiempo reencontrarlo. Lo mismo pasó con el perrito, de cuya muerte me enteré en Ecuador y al que lloré en silencio. Se fue el perro, se fue, pero era solo un animal, y un animal bien tratado y bien alimentado, y no existe el paraíso de los perros ni nada similar y menos el duelo, así que la historia no pasó de un post informativo en Facebook y borrón y cuenta nueva. A llorar a otro lado. Y si se muere alguien, a llorar a otro lado también, que acá hay resurrección.

No fueron pocas las veces que me encontré con testigos de Jehová timbrando en la calle o abordándome en medio de las veredas vacías. De ellas, fueron infinitas las que sentí que ese par de mujeres latinas o gringas me estaban tomando el pelo o me estaban satanizando y que debía dejar rápidamente la conversación.

Como los martes o miércoles también íbamos a la iglesia, probablemente era hora de vestirme o alistarme e ir a una suerte de concejo de ancianos donde se hacían oraciones especiales. Entonces, y solo entonces, podía pedirles abiertamente a mis tíos que me llevaran a comprar ropa, lo que usualmente consistía en ir a parar al Payless Shoe Source o agendar una visita al Alley del centro de Los Ángeles. Las otras veces no lo hacía, quizá porque lo esperaba y ellos mismos decidían llevarme a comprar shorts de verano, camisas de manga corta, medias de algodón chinas o pantalones para los días sábado. El dinero que me traía de mis padres, de Ecuador, usaba para comprarme zapatos en un local construido como una isla, cruzando los parqueaderos gigantescos del centro comercial más grande de la ciudad. Luego pidiendo cosas por internet. “I am the queen of shopping”, me decía mi prima, y me mostraba su bolso de ochocientos dólares, Couch, que le había comprado su prometido. “You are the bucky”, me decía también, cuando le cobraba por hacerle masajes de espalda. Massssagggggges, así, es como decía, en su inglés perfecto, y yo, en mi inglés razonable, le decía que me pagara de una buena vez, que no estaba dispuesto a esperar.

No muy lejos del centro comercial se encontraba las primeras veces que fui una tienda de discos usados donde compré el No Code de Pearl Jam y el Collective Soul de esa banda. California da para esa música. Las primeras veces que mis primas prendían sus radios y les preguntaba por qué no escuchábamos Alice in Chains o Soundgarden, ellas me decían que son bandas que efectivamente suenan en la región pero que son para chicos blancos, y que ellas prefieren el HipHop o el R&B. Así fue como aprendí de la existencia de Aaliyah, que luego murió, creo, y balaba con ellas en sus shorts de verano con una alegría bien acotada pero auténtica, tal vez una alegría vergonzosa por fútil y patética pero colmada e inocente. El chico Pearl Jam, que trataba de imitar las voces de las bandas sonoras de películas como Dr. Dolittle, elevando la voz a grito con folk cristiano -Jars of Clay- o la última secuencia del neopop negro.

Como se ve, no hay historia de mis días en California sin historia del consumo o al menos de cómo se forman las disposiciones de gasto, y en eso, las veces que fui, me diferencié poco de un turista porque iba mucho al centro comercial a marearme de hamburguesas y, cuando aburrido, al cine, de cuyos estrenos me enteraba los viernes en la cartelera de Los Angeles Times que llegaba al 4144. Una vez, sí, agarré la bicicleta y di un paseo por Arlington Avenue, que pasaba por el hospital en que estuvo internado mi tío cuando le sometieron a una intervención para retirarle un tumor maligno. Bordeé el césped al ras en la bicicleta y seguí de largo, sin detenerme, hasta Magnolia, que me obligó a cambiar de acera, no recuerdo si por causa de las señales o porque los parqueaderos se habían comido la vereda. Continué y llegué a una especie de centro de la ciudad, un bloque de manzanas con almacenes de esa decadencia solo visible en las ciudades gringas, como si se hubiesen quedado en los cuentos de Carver o en los anuncios de posguerra, y como si no vendieran nada más interesante que cortinas para la casa, vestidos de novia, marcos para cuadros y bordados en serie. Allí fue, en medio de ese barrio horrible y desolado como solo pueden serlo los barrios gringos donde los negocios han cerrado o están de saldo, donde encontré una pequeña tienda de discos administrada por dos muchachos de jeans ajados. Recuerdo haberme parado en la esquina, haber intentado tomar aire y haber en su lugar, absorbido todo el vacío, el sensentido, la angustia y la aridez de ese lugar. A medida que caminaba con la bicicleta la sensación fue remitiendo. Entré al almacén y saludé y me di las vueltas, primero como en un plano secuencia de investigación, y procurando investigar las joyitas que me podían interesar. Me lleve Pink Moon, de Nick Drake, y tal vez fue allí que me di cuenta que me estaba extranjerizando en ese lugar al que necesitaba abrazar como propio.

Banda sonora gringa: la película que me resonó hasta mis veintipico se llama Garden State y en ella hay ansiedad, judaísmo, la Costa Este, la furia por el lugar en la universidad y “One of these things first”, de Nick Drake. Algunos meses más tarde, cuando regresé a Quito, mi hermana escuchó el disco de Drake y me dijo que la canción que más le gustaba era “Place to be”. La canción empieza diciendo esto: When I was younger/younger than before/I never saw the truth hanging from the door/And now I’m older see it face to face/And now I’m older gotta get up clean the place./And I was green, greener than the hill/Where the flowers grew and the sun shone still/Now I’m darker than the deepest sea/Just hand me down, give me a place to be.

Quisiera que mientras se leen estas palabras se registren tomas del barrio de Riverside donde crecí los veranos y al que decidí no ir más, esas tomas horribles en dron o con Dolly o hasta helicóptero que suelen cerrar las películas que cuentan pequeñas historias de la clase media gringa. Lamentablemente, aún no he encontrado el mecanismo. Tal vez porque no quiero que se acabe y en el fondo quiero saber qué pasó con Rubi y si me puede dar un beso o si me pueden dejar en herencia o regalar el 4144 Lockhaven Ln. y no venderlo , con la promesa notarizada de tener bien al ras el césped para que no se vuelva un barrio de emigrantes y negros –preocupación de los vecinos las varias veces que fui- y poder ir en automóvil a la mediana universidad de la ciudad, que visité un día, y recibir los paquetes de Amazon o las cartas de mis amigas o hasta las llamadas de Ecuador de mis novias e inventarme una vida paralela, una vida donde regresen las camisas de manga corta de las maquilas del centro de Los Ángeles y los vuelos con escala en Costa Rica y las películas sosas, angustiantemente sosas, que pertenecen al género PG-13 y el vigor de mi tío, ahora tan avejentado y con pocas ganas de fingir afecto, y la ilusión de ir al supermercado a comprar dulces de porquería y embutidos de pavo y heladitos para el calor. Por favor, no lo vendan. Ya no soy ése, pero nadie me ha dicho que debo dejar de serlo o que no puedo. El desierto horrible de Riverside y la clave del ZIP-Code para moverse en todo lado -92505- siguen siendo los mismos, después de todo. Creo que hasta volvería a la iglesia. Y les enseñaría a hablar español a esos indios mexicanos que se habían cruzado la frontera y que, quinientos años después, las primeras palabras en cristiano que oyeron fueron los dulces versos de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, enseñadas tan pacientemente por quien luego me sorprendería con su daga por detrás.

 

 

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